lunes, 17 de octubre de 2011

Huipil

Huipil de Algodón.

Las mujeres acostumbran llevar huipiles cortos de algodón, metidos dentro del enredo, otros son mas largos y lucen por fuera. Existen varias diferencias entre el huipil de uso diario y el ceremonial, ya sea de algodón o de lana, varía la calidad y cantidad de los diseños brocados en las prendas de distintos lugares. Las tejedoras acostumbran brocar la tela con diseños geométricos o con figuras humanas en hilos de seda o artisela y adornos de listones. En el Bosque, las artesanas hacen los huipiles de manta industrial, les bordan figuras geométricas en el cuello y las mangas con hilo preferentemente de color rojo. Las tejedoras forman la prenda con dos lienzos, acostumbran bordar las uniones con randas o diseños de flores pequeñas o lineas azules. 



Huipil de San Mateo.

El huipil consiste en una tela rectangular, doblada a la mitad, con una abertura para la cabeza y generalmente cosida a los lados, dejando sin unir la parte superior, para formar la bocamanga. Está formado por uno, dos o tres lienzos unidos por costuras –las telas se usan tal como salen del telar, sin cortes, ni alforzas– que lo entallan al cuerpo. A esto se llama un vestido no confeccionado. Se emplea algodón y lana y a veces se combinan ambos materiales. Ocasionalmente se entretejen partes de seda, artisela o plumas como adorno. Actualmente en algunos casos la manta, la popelina o alguna otra tela industrial han sustituido a los paños tradicionales elaborados en telar de cintura.
Tanto el huipil, como las demás prendas de vestir, ya sea femeninas o masculinas son elaboradas por las mujeres, a veces con bordados sobre telas industriales, pero más frecuentemente en telar de cintura.
El telar de cintura, considerado por muchos un instrumento “primitivo”, permite la mayor cantidad de técnicas, algunas de las cuales no se pueden lograr con ningún otro tipo de telar más sofisticado y automatizado.

Dentro del corte básico del huipil, existe una gran variedad de modelos: los hay cortos, que apenas llegan a la cintura y otros que cubren hasta los tobillos. Entre estos extremos hay de todos los tamaños. Muchos de los huipiles clásicos son más anchos que largos, aunque durante los últimos años se nota una reducción de la anchura de la prenda.  El escote puede ser redondo, ovalado, cuadrado o simplemente una incisión vertical, apenas suficiente para dejar pasar la cabeza. Hay huipiles que son abiertos de los lados, en otros se cosen solamente unos cuantos centímetros en la parte inferior y otros más tienen la bocamanga muy angosta.
Salvo en algunos casos de huipiles muy largos que se usan como prenda única, se suelen combinar con un enredo o una falda de pretina. La mayoría de las veces cae suelto, a veces se amarra alrededor de la cintura y en otras más se mete debajo del enredo o falda, a modo de una blusa.
La distribución de los adornos hace con frecuencia énfasis en rayas horizontales, en otras se acentúa más la ornamentación vertical; algunos huipiles bordados son cubiertos completamente con dibujos. En ocasiones el ornato se concentra alrededor del escote, ya sea solamente en el lienzo medio o prolongándolo sobre los hombros. Además los huipiles se adornan con listones formando dibujos alrededor del escote, uniendo los lienzos o simulando pequeñas mangas.
Los motivos bordados o entretejidos de los huipiles pueden ser geométricos, otros representan figuras humanas, de animales o de plantas. Aunque para el observador extraño es a veces difícil interpretar el significado, para sus hacedoras cada ornamentación tiene su simbolismo. Por todas las características anotadas que son tradicionales, pero distintas en cada pueblo, se puede saber de dónde es originaria una mujer, simplemente observando el huipil que porta.

La importancia del huipil como indumentaria femenina es extraordinaria y denota la gran destreza y creatividad empleada en su manufactura. Sobre todo, señala la voluntad de seguir siendo indígena y el orgullo de su cultura particular.

Bibliografía:
Tesis: Origen, evolución, y uso actual del huipil Oaxaqueño. Ana Paula Fuentes Quintana. México DF. 2001, Universidad Iberoamericana
Tesis: Análisis de la Indumentaria Ceremonial y del Huipil Tzotzil, Paula Priscila Gonzales Castañeda. México DF. 1999, Universidad Iberoamericana.

Manuel Félguerez.

Nace en 1928 en Zacatecas. Estudió en la Esmeralda, pero se educó en la UNAM en el departamento de Artes Plásticas; en Paris trabajó con Ossip Zadkine, formado en el cubismo que Manuel ha rechazado con todas sus fuerzas. De regreso en México, rompe con el muralismo mexicano y se embarca en la Generación de Ruptura con Vicente Rojo, García Ponce y Lilia Carrillo, con quien se casaría un poco mas tarde; pero después de quedar viudo, contrae matrimonio con Mercedes Oteiza, ex esposa de García Ponce. Mas tarde fue a la Universidad de Cornell en EUA, luego a Harvard y emprendió otras actividades artísticas y culturales. Sus distinciones son variadas en Francia, Nueva Delhi, Sao Paolo; recibe la beca Guggenheim, es Premio Nacional de Artes en México y creador emérito por el sistema de Creadores de Arte en México. Ha hecho pintura y escultura, y combinó la escultura con el mural, lo que nos remite al Renacimiento Italiano; luego da un paso firme del informalismo hacia el constructivismo. 
En Octubre del 2007 se presentó la escultura Puerta 1808 en la Ciudad de México. Manuel Felguérez inaugura el abstraccionismo en México. 
Manuel Felguérez
Es uno de los más poderosos ejemplos de la voluntad de permanecer fiel a las exigencias auténticas del arte sin cerrarse al momento actual, pero también oponiéndole la verdad del artista cuando éste lo considera necesario. Ha explorado siempre hacia adentro las infinitas posibilidades de los medios de expresión propios a su oficio, buscando utilizarlos como artista mediante el difícil propósito de ponerse a su servicio. Es el resultado de artistas como el, transformar el poder de sugestión de los materiales en un orden armónico, a través del cual ellos cobran nueva vida y se convierten en expresión del libre y estricto ejercicio de la imaginación del creador. De este modo, la pintura y escultura de Felguérez son un acto de afirmación personal; pero en el cobran realidad y se ofrecen a la contemplación. No es difícil ver que Felguérez es un artista en el que la imaginación está regida por el concepto y éste encarna, se hace vida y presencia en la obra, gracias a ella. De ahí el rigor y la libertad de sus cuadros. El artista se deja herir por toda clase de estímulos; pero los somete a las normas de su propia concepción. Guiados por la persistente elaboración de los signos y las formas que hieren su imaginación, encontramos en ellas la personalidad íntima de un creador que está haciendo continuamente el mismo mundo, aunque algunas veces éste se nos presente grave y cerrado y otras se abra al alegre estallido del color. Tenía una segura sensibilidad en el tratamiento del color y era capaz de despertar sus más secretos matices en inesperadas combinaciones, subrayadas por la sensualidad de la materia, esta sensibilidad permaneció sojuzgada en la mayor parte de sus creaciones posteriores. Su pintura, pesadamente material, se hizo casi estática en su geométrica celebración del espacio. Después, este estatismo se vio roto bruscamente por el libre ritmo de la pincelada, por el movimiento continuo de los planos que se entrecruzaban y mezclaban con auténtica violencia.
Ante la continua invasión de las “construcciones” que pretenden sustituir el lenguaje propio de las artes plásticas en el cuadro, Felguérez se ha vuelto totalmente al lado contrario. Sus obras son una afirmación que no ignora las exigencias que la época impone sobre él, sino que, las enfrenta directamente. Sus cuadros resultan ejemplarmente revolucionarios por su carácter conservador, retraído de los llamados de la moda. En ellos sólo nos habla el mundo mismo de la pintura, el color, la forma, la cerrada armonía de cada composición, siempre extrañamente viva y directa en el encuentro de sus trazos envolventes, en la pareja vitalidad de colores, en la súbita aparición de un ritmo sorprendente que, al inmovilizarse, se convierte en gesto; pero nos habla desde la continua capacidad del creador para darle nueva vida, para enfrentarlo con una sabia conciencia en la que el lirismo se somete al concepto sin perder su fuerza animadora y cada efecto, cada posible combinación formal o cromática, busca cerrarse dentro de una respuesta total en la que el artista muestra el poder de la creación como organismo ordenador. En cada cuadro de Felguérez, se recupera la posibilidad de la creación al tiempo que se expresa una sensibilidad que no sólo confía en sí misma, sino que se entrega como respuesta a cualquier sustitución. 
Es un artista cada vez más refinado y consciente, más libre y profundo, capaz de convertir en realidad y hacernos ver continuamente su secreta relación con la forma y su poder para darle nueva vida, sino que también afirma la imperecedera existencia del arte.
Bibliografía: 
Derroteros Manuel Felguérez, Teresa del Conde, 2009
Nueve Pintores Mexicanos, Juan García Ponce, Pértiga, 1968