Nace en 1928 en Zacatecas. Estudió en la Esmeralda, pero se educó en la UNAM en el departamento de Artes Plásticas; en Paris trabajó con Ossip Zadkine, formado en el cubismo que Manuel ha rechazado con todas sus fuerzas. De regreso en México, rompe con el muralismo mexicano y se embarca en la Generación de Ruptura con Vicente Rojo, García Ponce y Lilia Carrillo, con quien se casaría un poco mas tarde; pero después de quedar viudo, contrae matrimonio con Mercedes Oteiza, ex esposa de García Ponce. Mas tarde fue a la Universidad de Cornell en EUA, luego a Harvard y emprendió otras actividades artísticas y culturales. Sus distinciones son variadas en Francia, Nueva Delhi, Sao Paolo; recibe la beca Guggenheim, es Premio Nacional de Artes en México y creador emérito por el sistema de Creadores de Arte en México. Ha hecho pintura y escultura, y combinó la escultura con el mural, lo que nos remite al Renacimiento Italiano; luego da un paso firme del informalismo hacia el constructivismo.
En Octubre del 2007 se presentó la escultura Puerta 1808 en la Ciudad de México. Manuel Felguérez inaugura el abstraccionismo en México.
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| Manuel Felguérez |
Es uno de los más poderosos ejemplos de la voluntad de permanecer fiel a las exigencias auténticas del arte sin cerrarse al momento actual, pero también oponiéndole la verdad del artista cuando éste lo considera necesario. Ha explorado siempre hacia adentro las infinitas posibilidades de los medios de expresión propios a su oficio, buscando utilizarlos como artista mediante el difícil propósito de ponerse a su servicio. Es el resultado de artistas como el, transformar el poder de sugestión de los materiales en un orden armónico, a través del cual ellos cobran nueva vida y se convierten en expresión del libre y estricto ejercicio de la imaginación del creador. De este modo, la pintura y escultura de Felguérez son un acto de afirmación personal; pero en el cobran realidad y se ofrecen a la contemplación. No es difícil ver que Felguérez es un artista en el que la imaginación está regida por el concepto y éste encarna, se hace vida y presencia en la obra, gracias a ella. De ahí el rigor y la libertad de sus cuadros. El artista se deja herir por toda clase de estímulos; pero los somete a las normas de su propia concepción. Guiados por la persistente elaboración de los signos y las formas que hieren su imaginación, encontramos en ellas la personalidad íntima de un creador que está haciendo continuamente el mismo mundo, aunque algunas veces éste se nos presente grave y cerrado y otras se abra al alegre estallido del color. Tenía una segura sensibilidad en el tratamiento del color y era capaz de despertar sus más secretos matices en inesperadas combinaciones, subrayadas por la sensualidad de la materia, esta sensibilidad permaneció sojuzgada en la mayor parte de sus creaciones posteriores. Su pintura, pesadamente material, se hizo casi estática en su geométrica celebración del espacio. Después, este estatismo se vio roto bruscamente por el libre ritmo de la pincelada, por el movimiento continuo de los planos que se entrecruzaban y mezclaban con auténtica violencia.
Ante la continua invasión de las “construcciones” que pretenden sustituir el lenguaje propio de las artes plásticas en el cuadro, Felguérez se ha vuelto totalmente al lado contrario. Sus obras son una afirmación que no ignora las exigencias que la época impone sobre él, sino que, las enfrenta directamente. Sus cuadros resultan ejemplarmente revolucionarios por su carácter conservador, retraído de los llamados de la moda. En ellos sólo nos habla el mundo mismo de la pintura, el color, la forma, la cerrada armonía de cada composición, siempre extrañamente viva y directa en el encuentro de sus trazos envolventes, en la pareja vitalidad de colores, en la súbita aparición de un ritmo sorprendente que, al inmovilizarse, se convierte en gesto; pero nos habla desde la continua capacidad del creador para darle nueva vida, para enfrentarlo con una sabia conciencia en la que el lirismo se somete al concepto sin perder su fuerza animadora y cada efecto, cada posible combinación formal o cromática, busca cerrarse dentro de una respuesta total en la que el artista muestra el poder de la creación como organismo ordenador. En cada cuadro de Felguérez, se recupera la posibilidad de la creación al tiempo que se expresa una sensibilidad que no sólo confía en sí misma, sino que se entrega como respuesta a cualquier sustitución.
Es un artista cada vez más refinado y consciente, más libre y profundo, capaz de convertir en realidad y hacernos ver continuamente su secreta relación con la forma y su poder para darle nueva vida, sino que también afirma la imperecedera existencia del arte.
Bibliografía:
Derroteros Manuel Felguérez, Teresa del Conde, 2009
Nueve Pintores Mexicanos, Juan García Ponce, Pértiga, 1968

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